A
lo largo de todo este tiempo, la gente de “NOPOKI” me pregunta:
¿Qué
hago aquí? ¿Por qué estoy aquí? ¿Y por qué tan lejos?
Preguntas
que aparentemente tienen fácil respuesta y que a la hora de contestar me limito
a la superficialidad de estas, sin entrar en lo que verdaderamente me lleva a
realizar una cooperación de tal magnitud. Estas preguntas han despertado mi
curiosidad, por ello, me las he lanzado a mí misma de forma que pueda encontrar
una respuesta bien argumentada, consistente y a la altura.
Mucho
antes de saber si tendría la oportunidad de participar en este proyecto, me
consideraba una persona con inquietudes, con ganas de aprender y sobre todo con
entusiasmo e ilusión por conocer lugares nuevos y personas maravillosas.
Justo
en este momento pienso en mi familia. Pienso en los inicios de mi madre como
maestra fuera de nuestra querida Córdoba, pienso en mi padre y la cantidad de
horas que le ha dedicado al volante de nuestro coche, y pienso en mis
compañeros de viaje, mis hermanos. Todos los años empezábamos una vida nueva,
conocíamos nuevos lugares y personas, y con todo ello, aprendimos lo que
significa tener una gran familia. Esa es la verdadera razón de por qué estoy
aquí. Mi familia me ha forjado así y por eso vivo la vida de forma intensa,
como si fuera a acabar hoy mismo.
Perú
me ha abierto una puerta para acércame a aquello que me gusta, con lo que
disfruto y en definitiva con lo que soy. Perú me ha abierto la puerta a una
nueva vida y con ello, a interiorizar aspectos de todas las formas y colores posibles.
La
labor que realiza una persona voluntaria no es la de querer cambiar realidades,
no es extrapolar leyes ni conocimientos. La labor que realiza una persona
voluntaria; es ir más allá de lo conocido, es preocuparse por observar y
entender la cultura, hacer ejercicios muy grandes de comprensión, desvincularse
por un tiempo de su ego y querer formar parte del contexto.
Ahora
quiero ser honesta con mis palabras, y deciros que todo este camino no es color
de rosa, hay muchas espinas de por medio.
Recuerdo
una dinámica que hicimos en los talleres de preparación a nuestro destino,
donde debíamos de exponer de forma personal aquellos miedos y oportunidades que
teníamos de cara a nuestra experiencia. En cuanto a oportunidades redacté una
lista infinita, sin embargo, mi miedo era solo uno, “las serpientes”. Ya
contaba con una experiencia previa de cooperación, y “más o menos” podía
hacerme una idea de cómo es el funcionamiento, lo que no sabía es que me estaba
equivocando por completo. Sin querer estaba proyectando una experiencia vivida
con otra que no tiene que ver en absoluto, de eso me di cuenta nada más pisar
la selva.
Me
bajé del coche y me senté en un “rebate” del Vicariato de San Ramón. Estaba muy
asustada, no lo voy a negar, pero de mi misma. Estaba asustada porque mi cabeza
no paraba de juzgarme. Ahí sentí miedo. Empecé a cuestionarme mis valores como
persona, mis opiniones, mi ideología, mi forma de ver la vida, mi lucha… sentía
que me fallaba a mí misma y creedme, esto me mataba por dentro. Sin más,
intenté asimilarlo todo y pensé:
Marina, no te preocupes.
Cuando aterrices en Madrid, la primera persona que va a abrazarte vas a ser tu
misma. Va a ser esa Marina que despediste hace unos meses y te querrá más que
nunca.
Casi
en el ecuador de mi experiencia me he dado cuenta, que esa Marina venía conmigo
y era mi principal miedo, algo así como la conciencia.
Son
muchos los momentos que tengo para dedicármelos, y donde antes veía negatividad,
ahora encuentro riqueza y positividad. Mi idiosincrasia sigue estando ahí, con
la diferencia, que poco a poco va adquiriendo más solidez a la vez que
plasticidad.
Cada
día que pasa, intento analizar todo lo que he hecho, todo lo que he dicho, todo
lo que he enseñado y, lo que es mas importante, todo lo que he aprendido. Mi
lucha sigue siendo la misma y si cabe, ahora con más motivos y razones. Creo en
la igualdad y la justicia y creo en la humanidad de las personas.
Hace
unas semanas, exponía una conclusión de cómo se ha tergiversado la historia y,
aprovechando la fecha en que estamos, necesito y quiero recuperar dicha
reflexión, con la pretensión de compartir algo que es realmente cierto.
El
12 de octubre en España, es un día importante ¿Verdad? Es el día en que salimos
a las calles con orgullo y entusiasmo para celebrar nuestra identidad, para
celebrar lo que somos, para sentir la unidad patria… ¡Qué pena! ¡Qué manera más
fácil de engañarnos!
América
no fue descubierta por nadie, ya estaba ahí. En esa inmensidad virgen, vivían
muchos pueblos diferentes, con una riqueza cultural infinita y con unas formas
de vida propias. Tenían sus diversas lenguas, grandes conocimientos en medicina
natural y un desarrollo particular y muy bello de las artesanías originarias.
Se trataba por tanto de formas de vida diferentes a las nuestras y… eso es
ilógico ¿No? Desembarcamos en esta tierra, nos apropiamos del territorio y
aplicamos nuestras formas de vida. Les despojamos de sus identidades,
transformamos sus realidades y si encontrábamos resistencia, el precio a pagar
era muy caro. Desvalijamos, rompimos, saqueamos, quemamos, abusamos, violamos,
robamos, matamos… cometimos el mayor genocidio de la historia y ¿De verdad
sentimos orgullo? ¿De verdad es una fecha para recordar? ¡Me aterran nuestras
fiestas nacionales!
Me
quedo mucho más tranquila exponiendo todos estos hechos, de forma que empecemos
a tener conciencia histórica. Podéis estar de acuerdo o no con mi argumento,
pero a veces es necesario un jarro de agua fría para despertar y comenzar un
ejercicio de “concientización”.
En
realidad, el 12 de octubre, es el día de la Resistencia Indígena. El día en que
con mucha valentía debemos recordar lo que ocurrió verdaderamente; un día que
celebra el respeto, el perdón, los valores y la unidad.
Cada
mañana al levantarme, me siento en casa. Siento que formo parte del mundo.
A
veces aprovecho la calidez de esta tierra y cierro los ojos. Cuando el sol
choca con mi rostro veo todo de colores verdes, es más, puedo describir el olor
del color. Entonces es cuando aprendes que tus manos se enraízan con la “Pachamama”
porque se convierten en tierra. Aprendes que ir descalza significa valor y
respeto por la vida. Aprendes que en el corazón te cabe más de lo que imaginas.
Aprendes a reconciliarte contigo misma…
Ahora
sé quién será la primera persona que abrazaré a mi vuelta, estoy segura de que
me querrá más que nunca. Lleva el nombre de una flor. Ella es Rosa, mi madre.
¡En
mia ikuai, nukun en na bubedan! ¡Hawaida min hayanuna na txanidan! (Lengua
Hunikuin)
¡Un
gran abrazo, familia! ¡Pronto tendréis noticias mías!
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